Jorge Márquez, un agricultor cubano residente en Puerto Padre, ha sobrevivido a cinco impactos de rayos en su cuerpo, sufridos durante varios años, según relata el diario cubano Cubadebate. Jorge, padre de tres hijos, fue alcanzado por rayos en cinco ocasiones entre 1982 y 1991 y ha tenido que ser hospitalizado, pero milagrosamente ha sobrevivido sin otras consecuencias aparentes que un crecimiento anormal de sus uñas y cabello. El primer rayo lo alcanzó en 1982 cuando estaba sobre su tractor: “Me perforó los tímpanos, me quemó el pelo y la espalda, me arrancó los empastes de las muelas y me hizo otros daños, aunque no de consideración. El motor del tractor no sirvió para más nada”, señala el agricultor.
En algunos casos ha sentido un frío helador atravesar su cuerpo, en otras algo parecido a un hierro candente cuando entra en agua, pero los dos últimos impactos fueron ya más débiles: “No por que cayeran más lejos -bromea- sino porque mi cuerpo parece que se va adaptando o porque ya llevo parte de ellos dentro de mí”.
Revive la historia paso a paso, narrada por el mismo Jorge Márquez, padre de tres hijos, pequeño agricultor, Vanguardia Nacional en el 2002 y residente en la Julia, poblado aledaño a San Manuel, en Puerto Padre:
“Recuerdo que parecía que iba a llover. Eran más o menos como las 2:15 de la tarde, y me dirigía a Santa Bárbara en mi tractor, junto a dos muchachos más. De pronto, sin haber caído una gota de agua siento aquel inmenso trueno que entra por el tubo de escape. Yo solo vi un hilo rojo del grueso de un cable de corriente, además de la sensación de algo muy frío que penetró por mi cuerpo, como cuando entras a un cuarto con aire acondicionado. Perdí el conocimiento, que no recuperé más hasta el hospital. Claro que cuando caí, uno de los muchachos, a los que no les pasó nada, me sacó la lengua, y gracias a eso me salvé, pues según ellos ya me estaba poniendo bien morado.
“Me perforó los tímpanos, me quemó el pelo y la espalda, me arrancó los empastes de las muelas y me hizo otros daños, aunque no de consideración. El motor del tractor no sirvió para más nada.
“Casi cinco años después, el 2 de junio de 1987, en el propio Santa Bárbara, llegué a casa de unas amistades y comenzó un buen aguacero. Me fui a asomar a la puerta y cuando me volteé ahí mismo vino la luz y me tiró. A diferencia del primero, la sensación fue muy diferente, era algo así como cuando metes en agua un hierro caliente. Volvió la lengua a ser de las suyas, pero las personas allí presentes actuaron rápidamente, claro yo no supe nada, pues quedé inconsciente, una vez más, hasta el hospital.
“En junio de 1987, llegó el tercero. Estaba en San Manuel. No llovía aún. De pronto el inmenso estallido que quemó hasta un transformador. Fui a dar al suelo, pero no perdí el conocimiento, sí mucho dolor en las articulaciones y malestar en las vías respiratorias.
“El cuarto (1988) y el quinto (1991) fueron en la casa. El primero, sembrado maíz; y el segundo, andando por el patio. Estos dos últimos resultaron los más débiles, no porque cayeran más lejos, sino porque mi cuerpo parece que se va adaptando o porque ya llevo parte de ellos dentro de mí.
“Yo he llegado a pensar que me persiguen, pues no es normal que caigan cerca de tu casa 15 truenos en menos de dos años. Y uno de ellos hasta quemó un árbol inmenso.
“Cuando está tronando lejos el cuerpo me vibra, incluso las personas que están conmigo no lo sienten, pero ya yo me predispongo. Siempre busco algo para protegerme, como un aislante, bien sea una goma o cualquier cosa. Pero te aseguro que es un proceso malo, y me deja adolorido y que no me gusta revivir, y menos con frecuencia.
“Te juro creo que estoy imantado. Generalmente a las personas que le cae un trueno mueren, y mi cuerpo parece como si aceptara ese poder divino, a pesar de que me deja muy mal su efecto, y hay cosas en mí que a veces creo que son producto de estos, como por ejemplo el que me crece muy rápido las uñas y el pelo.
“Hace poco leí en 26 que un guardabosque estadounidense había sido alcanzado siete veces en su vida por un rayo. Ten la seguridad de que si eso es un récord, yo no tengo ningún deseo de superarlo.
“Sí, es cierto que los truenos me buscan, o me persiguen, yo trato por todos los medios de evitarlos. No salgo de la casa, o del lugar donde me encuentre cuando están en su apogeo, pues temo mucho sí, que un día, lejano o no, alguno, como tu bien pensaste, me parta en dos.”.
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